Se lo agradezco
Once de la mañana. Bajo por la avenida y por fin lo encuentro, el número 13. Busco un local que ponga algo así como "centro médico". No veo nada. Vuelvo a mirar el folleto y leo entre líneas ("entreplanta c"), vuelvo al portal 13 y veo un letrero en el que se puede leer "PSICOTÉCNICO" en mayúsculas, y como subtítulo "Centro de Reconocimientos Médicos". Voilà. Pulso el botón y se me acerca por detrás un abuelete de unos 103 años: -¿Djdonfde vahs?. - Ahí- le contesto señalando la placa. -Puebhs ehs...la prhhimra ah la ...izquihbherda, sujkbes pr ls escaahjleras... y la prghhimera la drcha. -De acuerdo, gracias. -Rpito,.......la prhhimra ah la ...izquihbherda, sujkbes pr ls escaahjleras... y la prghhimera la drcha. Le agradecí a aquel noble anciano su inútil existencia, perdón, insistencia, mientras alguien accionaba la llave desde el telefonillo. Seguí las instrucciones duplicadas y me topé de frente con un chico que sujetaba el marco de la puerta como lo hiciera el mismísimo Harpo Marx. Tenía una gran coleta y era poco más mayor que yo. Sin embargo, su expresión me recordaba más a Humphrey Bogart esperando una cita con Ingrid Bergman. Aquello me inquietó un poco. El chaval me hizo esperar con el pretexto de dar tiempo a que se preparara el doctor. Mientras lo hacía vi como una sombra pasó rápidamente por el corredor que más aparentaba ser mi destino. En efecto, me llamaron y por aquel oscuro pasillo llegué a una oscura habitación y un hombre oscuro me instó a sentarme. Me tomó algunos datos y me sentó en una cabina acristalada para que fuera describiendo unas malditas letras borrosas. Cuando me parecía percibirlas con algo de nitidez, el cachondo se encargaba de flasearme y continuar el examen. Concluyó diciéndome que pasaba la prueba por el mínimo permitido, algo en lo que soy especialista acreditado. Mi próximo episodio fue en la habitación contigua. Allí me encontré con un entrañable hombrecillo con una cierta minusvalía cervical y una cierta minusvalía vocal. Con nosotros había un ventilador que a través de su giro articulado vacilaba una y otra vez al examinador volándole los papeles primero y mirando para otro lado después.
-ghjkladg
-¿Que me siente?
-bh
-¿Para dónde miro?
-njfsakioh
-Vale.
-fkeijg, h juosdo nofs kloheuoaf.
-¿Pero le tengo que dar cuando llegue la bolita o cuando salga?
-fhui uieo
-¿Qué?
-jeoo jiopj
-Ah, ¿empiezo?
-ht
Me costó pero pude deducir de sus gestos y del aparato que tenía delante su funcionalidad y tras hacer una prueba de pulsar un botón calculando el tiempo, surgió un título en la pantalla: EJERCICIO DE COORDINACIÓN. Una gota fría salió de mi amplio cabello y rodó lentamente por mi mentón, no lo pude evitar, había soportado los 38 grados, y los otros personajes, pero esto era ya demasiado. Tuve que hacerlo, y para mayor humillación el aparato pitaba si fallaba y aquello me ponía más nervioso aún. Fue duro, pero para ser yo y a pesar de descubrir que mi muñeca izquierda tiembla cuando la exijo precisión, le pillé el truco: había que ponerse extrávico. Me estaba recuperando cuando me anunció el precio del reconocimiento médico íntegro: 28 eurazos. En ese momento si que necesitaba un reconocimiento médico... El hombre me acompañó a la salida bromeando y yo aguanté la sonrisa hasta que salí de aquel piso equipado y amueblado en los años 80. Por fin se acabó todo, ya tenía el certificado. Pero cuando bajaba las escaleras el bromista llegó hasta mi y me dio el DNI, muy majo, pudo recorrer ida y vuelta la ruta de su habitáculo a las escaleras en 2,5 segundos cargando con aquella protuberancia en la espalda. No lo entiendo, pero ello no me impidió darle las gracias.
Confieso que después de ver anoche un poco de Cuarto Milenio a solas y a oscuras miraba con cierto respeto las caretas brasileñas de mi salón y me sobresaltaba cuando mi móvil se aquejaba de poca batería. Pero de todas formas mi razón seguía negando las supersticiones. Sin embargo, después de lo de esta mañana la próxima vez que tenga que entrar en un portal número 13, me lo pensaré dos veces...
-ghjkladg
-¿Que me siente?
-bh
-¿Para dónde miro?
-njfsakioh
-Vale.
-fkeijg, h juosdo nofs kloheuoaf.
-¿Pero le tengo que dar cuando llegue la bolita o cuando salga?
-fhui uieo
-¿Qué?
-jeoo jiopj
-Ah, ¿empiezo?
-ht
Me costó pero pude deducir de sus gestos y del aparato que tenía delante su funcionalidad y tras hacer una prueba de pulsar un botón calculando el tiempo, surgió un título en la pantalla: EJERCICIO DE COORDINACIÓN. Una gota fría salió de mi amplio cabello y rodó lentamente por mi mentón, no lo pude evitar, había soportado los 38 grados, y los otros personajes, pero esto era ya demasiado. Tuve que hacerlo, y para mayor humillación el aparato pitaba si fallaba y aquello me ponía más nervioso aún. Fue duro, pero para ser yo y a pesar de descubrir que mi muñeca izquierda tiembla cuando la exijo precisión, le pillé el truco: había que ponerse extrávico. Me estaba recuperando cuando me anunció el precio del reconocimiento médico íntegro: 28 eurazos. En ese momento si que necesitaba un reconocimiento médico... El hombre me acompañó a la salida bromeando y yo aguanté la sonrisa hasta que salí de aquel piso equipado y amueblado en los años 80. Por fin se acabó todo, ya tenía el certificado. Pero cuando bajaba las escaleras el bromista llegó hasta mi y me dio el DNI, muy majo, pudo recorrer ida y vuelta la ruta de su habitáculo a las escaleras en 2,5 segundos cargando con aquella protuberancia en la espalda. No lo entiendo, pero ello no me impidió darle las gracias.
Confieso que después de ver anoche un poco de Cuarto Milenio a solas y a oscuras miraba con cierto respeto las caretas brasileñas de mi salón y me sobresaltaba cuando mi móvil se aquejaba de poca batería. Pero de todas formas mi razón seguía negando las supersticiones. Sin embargo, después de lo de esta mañana la próxima vez que tenga que entrar en un portal número 13, me lo pensaré dos veces...

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